Investigación sobre un Cristo libre de toda sospecha

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Tenía ya cierta experiencia haciendo fotos con mi nikon, una FM que me compré con mi primer sueldo, me había hartado de hacer retratos, a la familia, amigos y gente anónima que me encontraba por la calle o en mis viajes. Las Iglesias, catedrales y monumentos diversos se quedaban archivados en los portanegativos sin destino aparente; igual pasaba con los paisajes, que sólo servían para hacer malas postales que enviar a un conocido y ponerle cualquier tontería, desde Miño con cariño una postal fenomenal, El Cuervo, verano de mil novecientos algo.patines

Así que, un día, allá por los años no recuerdo cuales, me fui con mi cámara al Rastro y aquello me pareció una mina, gasté dos carretes Ilford de cuatrocientos asa que me costaron lo suyo pero que dieron un gran resultado, no desde el punto de vista artístico, si no monetario. Verán ustedes, estuve toda esa mañana de domingo primaveral manchando de sudor una gorra  de los Yankees de Nueva York mientras disparaba como un poseso todo lo que el suelo o algunas mesas desvencijadas me ofrecían. Hasta que no pasó un buen rato no me percaté que un hombre me seguía, por automatismo protegí mi mochila y los objetivos que en ella había, pero ese hombre no tenía pinta de ratero, su Lacoste pistacho, pantalón blanco sin arrugas, italianos en los pies y unas Rayban superglasses estilo shérif de alguna población en el desierto de Mojave, confirmaban otra cosa. Me sonrió sin enseñarme mucho sus dientes inmaculados y yo torcí la boca enigmáticamente, o eso creí.

clarinetes¿Quieres ganar algún dinero fácil?, me soltó a bocajarro y tuteándome pues me doblaba en edad. ¿Qué?, o algo así contestaría arqueando demasiado las cejas. No te asustes, pero no me serenaron sus palabras, se trata de hacerme unas fotos. Iba a dispararle una a su jeta y vi que mi nikon se reflejaba dos veces en sus maravillosos UV protection. No se trata de hacérmelas a mí, me dijo poniendo una mano delante del objetivo, se trata de un puesto que hay aquí cercano, añadió señalando a una esquina. ¿Y eso?, debí decir. Así que me explicó el asunto.

Su madre, que vivía sola en Mesón de Paredes, fue victima de un robo en su casa y, como todos sabemos, muchos de esos objetos se ofrecen en El rastro y de esa forma se lucra quién no debe como consecuencia del pillaje. Al hombre le habían dicho que las cosas eran así pero no confiaba en absoluto en dar con algún objeto de su madre, por eso fue solamente a observar y dio con una pieza de museo que su madre conservó de su padre y este del suyo, propiedad que se pierde en el tiempo, un crucificado de marfil sin madera. Posiblemente, me explicó, existan otras cosas de menor valor pero muy sentimentales para mi madre y mi familia, bastaría con… y se llevó la mano al bolsillo para sacar una cartera repleta de billetes que sin pudor me ofrecía, a un estudiantegramofono sin recursos.

Fuimos hasta el puesto de marras y me puse manos a la obra, allí había una señora disfrazada de viuda, llena de joyas, sentada en un trono; una especie de sillón rojo bastante antiguo que, supongo se vendería. Al verme disparar y disparar mi nikon me echó una maldición que en aquel momento no entendí y que espero no se cumpla nunca, sea la que sea; sólo me dio tiempo a decir entre dientes, tu padre por si acaso, eso que aprendimos todos en la escugafasela. El caso es que la señora llamó a su hijo, este a su hermano, éstos a sus primos y todos querían arrebatarme aquello que tanto me costó. El hombre del lacoste llamó a unos polis cercanos,  yo me aferré a mi cámara, los primos me miraban amenazantes, danos ese carrete, no tienes derecho …Omito los insultos. Los agentes del orden pusieron paz, nos acompañaron un tramo y nos contaron lo que ya sabíamos con las cosas que se venden en El Rastro.

Días mas tarde me presenté en casa del hombre con las fotos recién reveladas, me presentó a su madre. Señora, le dije y abrí el sobre con las imágenes, se las entregué y ésta le dice a su hijo: este no es mi cristo.cena_01

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