Las cosas de casa

08/01/2010

Ya saben que las desgracias no vienen solas, de ahí que a la muerte de mi anciano y viudo padre, dos de mis hermanos se refugiaron, aún más si cabe, en la religión y terminaron en unas sectas cristianas de esas que hacen más daño que los cilicios que mi madre se ponía en la tripa, mucho antes de que un cáncer acabara con ella y un señor muy importante la acogiera en su seno. Al fallecer la máxima autoridad familiar y mejor vínculo para todos, se tuvo que desmantelar la casa de toda la vida en el centro de Madrid; llena de recuerdos que se malvendieron por la premura a una empresa de antigüedades que nos timó vilmente.

Para olvidarme de los tentáculos pulposos de ideología opiácea, me fui a vivir a una isla griega durante unos años. No me deshice de mis fantasmas, pero me fue bien y cuando regresé a la capital, convencido más que nunca de que Dios es un invento de los hombres y la Iglesia un club privado con ánimo de lucro y dominio a sus creyentes; me rehice en mis pensamientos agnósticos y me sentía cada vez más libre, escupiendo fantasmas innecesarios.

En Madrid retomé la pasión por mis paseos dominicales por El Rastro y en una de esas ocurrió lo peor, mis ojos despidieron lágrimas al reconocer, los patines de mi hermana pequeña, el saxo que nos regaló aquel estudiante nicaragüense que llegó a ser el brazo derecho del dictador Somoza, el niño Jesús que besábamos el pie todos los venticuatros de diciembre por la noche, los candelabros del abuelo, la Mariquita Pérez de mi hermana la mediana que tanto quería y cuidaba, la mesa de mármol del cuarto de estar, el sillón art decó de la entrada, la caja de música del despacho de mi padre, el reloj de pared del comedor con el escudo de la familia…

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